Una madre y su hijo viven en un corredor en Carrefour Feuilles en Puerto Príncipe, Haití.
Una madre y su hijo viven en un corredor en Carrefour Feuilles, en Puerto Príncipe, Haití. Foto: Andrés Martínez Casares/PNUD Haití

En este Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, bajo el tema “Responder al llamado del 17 de octubre a poner fin a la pobreza”, se nos recuerda que todavía en todas partes este es un fenómeno de múltiples dimensiones. Su erradicación implica ampliar la riqueza de la vida humana y no solo la riqueza económica en el que se desenvuelven las personas. Este concepto de desarrollo humano que defiende el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo reconoce que el ingreso es solo un medio. Todas las personas en todo el mundo necesitan más opciones y oportunidades para vivir la vida que valoran.

Sin embargo, a menudo se asume que la pobreza se circunscribe a determinados lugares y grupos y que la desigualdad –la enorme brecha en la capacidad de las personas para llevar una vida saludable, mantenerse informadas y participar en la vida pública– es inevitable. Sin embargo, como dijo Nelson Mandela: “Mientras la pobreza, la injusticia y la desigualdad persisten en nuestro mundo, nadie podrá realmente descansar”. Si lo que de verdad buscamos es erradicar la pobreza, no podemos soslayar la desigualdad entre los países, en el seno de los países y entre las mujeres y los hombres.

Muchos vivimos en países donde es posible encontrar un empleo, obtener buena educación e ir a hospitales de calidad. En otros, hay menos empleos de menor remuneración y el acceso a la salud y la educación es más limitado. Sin embargo, todos los países, independientemente de su tamaño, presentan disparidades socioeconómicas y geográficas, así como entre mujeres y hombres. En materia de desarrollo humano, todos los países empeoran su desempeño en un 22 por ciento cuando a la ecuación se le añade la desigualdad. Concretamente, esos porcentajes oscilan entre el 13 por ciento en Europa, 19 por ciento en Asia Oriental y el Pacífico, 23 por ciento en América Latina y el Caribe, 28 por ciento en los Estados árabes y Asia Meridional y el 32 por ciento en África.

En general, la desigualdad en la distribución y control de los recursos políticos, económicos y sociales, así como las instituciones sociales discriminatorias que alimentan el ciclo de exclusión son factores que perpetúan la desigualdad. Esto implica que un niño o una niña que nace en la pobreza en cualquier lugar del mundo tiene relativamente menos probabilidades de escapar de la pobreza. Es por ello que enfrentar la pobreza y la desigualdad en todas partes es fundamental para cumplir la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, redoblando los esfuerzos y la inversión encaminados a romper el ciclo de pobreza entre generaciones y a contribuir a la movilidad social.

En una reciente publicación del PNUD, se examinan la pobreza y la desigualdad. La evidencia muestra de forma rotunda que para erradicar la pobreza en África es necesario romper el ciclo de desigualdad con más y mejores empleos, educación de buena calidad y la eliminación de la exclusión en todas sus formas.

En primer lugar, el fomento a la creación de empleos y la iniciativa empresarial en la agricultura, la industria, el turismo, el entretenimiento y otros servicios proporcionará más y mejores oportunidades económicas sostenibles para los 201 millones de personas que actualmente están desempleadas, según la OIT. Es necesario aplicar medidas orientadas a reducir las barreras estructurales para cumplir el objetivo de la Agenda 2030 relativo al crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos y atender a los 2,7 millones de personas desempleadas en todo el mundo en 2017.

Por otro lado, está probado que un mejor acceso a la educación de calidad reduce la desigualdad y la pobreza, acceso que necesitan los 61 millones de niños y niñas y los 60 millones de adolescentes que actualmente no asisten a la escuela, según UNICEF. Prestar servicios sociales de calidad, incluidos los de salud, agua y saneamiento para todas las personas constituye un desafío insoslayable. Las desigualdades persisten en todo el mundo debido a instituciones y prácticas sociales discriminatorias y servicios de distribución sesgados.

Por último, para eliminar la exclusión en la distribución de las riquezas nacionales resulta esencial instrumentar reformas que garanticen un acceso más igualitario a los recursos naturales, la inversión pública, impuestos racionales y el acceso universal a la protección social. Derribar las barreras que producen exclusión contribuye a una educación de calidad inclusiva y en condiciones de igualdad, a vidas saludables, a la igualdad de género y a una mayor igualdad entre los países y dentro de sus fronteras.

No obstante, el déficit de financiamiento para lograr la Agenda 2030 a nivel mundial es generalizado y se estima que equivale a entre dos y tres billones de dólares anuales, según la UNCTAD. Así, el mundo debe continuar trabajando mancomunadamente en nuevas modalidades, incluida una mayor cantidad de alianzas entre el sector público, el privado y la ciudadanía para intensificar la inversión necesaria a fin de erradicar la pobreza en todas sus formas, en todas partes. Según Victoria Woodhull, la primera mujer candidata a presidenta en los Estados Unidos en 1872, “no es la riqueza en las manos de unos pocos individuos lo que hace de un país un país próspero, sino la riqueza general distribuida equitativamente entre el pueblo”.

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